Cinema Negre. Muero cada amanecer de William Keighley

Muero cada amanecer. Dilluns 19 de febrer a les 19,45 h a la Sala d’Actes – Ateneu de Maó.

Título original: Each Dawn I Die. Año: 1939. Duración: 92 min. País: Estados Unidos. Dirección: William Keighley. Guion: Norman Reilly Raine, Warren Duff (Novela: Jerome Odlum). Música: Max Steiner. Fotografía: Arthur Edeson (B&W) Reparto: James Cagney,  George Raft,  Jane Bryan,  George Bancroft,  Max ‘Slapsie Maxie’  Rosenbloom,  Stanley Ridges,  Alan Baxter,  Victor Jory,  John Wray,  Edward Pawley,  Willard Robertson,  Emma Dunn,  Paul Hurst,  Louis Jean Heydt,  Joe Downing,  Thurston Hall,  William B. Davidson,  Clay Clement,  Charles Trowbridge,  Harry Cording  Productora: Warner Bros. Pictures

Aunque el concepto de cine negro se presenta como una categoría cinematográfica compacta y muy determinada, se le deben reconocer una serie de subdivisiones genéricas inevitables, derroteros argumentales tan reconocibles como discutibles, posicionados casi al límite con otros géneros: el gang  (estilo gansteril de vertiente más dinámica y grupal), el procedural (realismo pseudo-documental sobre el eficaz procedimiento policial contra el crimen), el jurial  (intriga del falso culpable abocado a un proceso judicial) o el whodunit  (más cerca del suspense, pues la narrativa está encauzada a descubrir la identidad del culpable), serían algunas propuestas más que dignas. Una de las tendencias más orbitales y distintivas es la del cine carcelario, ya expuesto muy al principio de este ciclo con ‘Silla Eléctrica para Ocho Hombres’ (‘The Last Mile’, Howard W. Koch, 1959).  Pero la derivación noir hacia el interior de las prisiones no se puede entender sin esta ‘Muero Cada Amanecer’ (‘Each Down I Die’, USA, 1939) del poco conocido William Keighley, típico realizador sin aparente brillo capaz de demostrar talento y personalidad en la prolífica industria del cine negro de los años 30 y 40. En ella, dos estrellas como James Cagney y George Raft se elevan sobre un brillante reparto de secundarios para ofrecer una gran historia de lealtad y amistad en la cárcel, no exenta de la conveniente trama policíaca, sentando las bases de lo que se conocerá en el futuro como drama carcelario. Uno de los requisitos indispensables de todo cineasta de a pie a la hora de transitar por los tumultuosos parajes de la serie B en aquel Hollywood del incipiente sonoro, aparte de delegar cualquier ínfula artística al pragmatismo creativo y económico de la puesta en escena, es el de mantener cierta “invisibilidad” frente a quien vende realmente el producto: los actores. En ese sentido, nada que reprochar al casi desconocido William Keighley, director de ‘Muero cada Amanecer’, ensalzando a la dupla Cagnet-Raft como primer motor de la película. Tanto el legendario histrionismo de la estrella de ‘Al Rojo Vivo’ como la imperturbable mirada de Raft son enfatizadas al máximo por este más que solvente artesano audiovisual. Keighley tiene clara esta baza y las escenas más estudiadas, trabajadas y prologadas tienen como epicentro, sobre todo, a un Cagney desatado en expresividad y gesto, como la visita de la madre o la comisión para la libertad condicional. Irreprochable igualmente la labor de contención del cineasta para que la historia no se pierda por las pantanosas aguas del victimismo y el melodramón. De hecho, resulta hasta brillante cómo el escenario noir inicial, vía trama conspiratoria para que el protagonista inocente, el periodista Frank Ross (Cagney), acabe con sus huesos en la cárcel, se va transformando en una fascianante dramatización de lo penitenciario, su funcionamiento cotidiano, las alianzas y los conflictos entre los internos, la forma de mantener el juicio y la propia humanidad en un contexto tan impersonal y sórdido y, of course, la necesaria irrupción del aliado “enemigo”, “corrupto”, Hood Stacey, ese gangster mitad ángel mitad demonio que borda George Raft, para poner las cosas en su sitio. De esta amistad entre Ross y Stacey surge la magnificencia del drama carcelario, que nos dejará posteriormente algunas joyas del cine como ‘Fuerza Bruta’ (‘Brute Force’, Jules Dassin, 1947),’El Hombre de Alcatraz’ (‘Birdman of Alcatraz’, John Frankenheimer, 1962), ‘Brubaker’ (Stuart Rosenberg, 1980) o   ‘Cadena Perpetua’ (‘The Shawshank Redemption”, Frank Darabont, 1994). FERNANDO SABINO SEGUÍ

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